lunes, 11 de junio de 2007

CAMINO A BRIKSDALEN

Ibamos por la carretera buscando un camping, habíamos hecho un largo trayecto durante casi 6 horas.
De pronto vimos una señalización y tomamos por un desvío que nos llevó a un camino de tierra estrecho e interminable. A los lados sólo había campo con algunos animales pastando y a lo lejos, un bosque. Al pasar los árboles, nos encontramos con una gran cantidad de casas rodantes alineadas una junto a la otra y más adelante dos cabañas de madera.

Estacionamos y un grupo de personas comenzó a rodearnos sin quitarnos los ojos de encima, como si fuésemos alienígenas. Se acercaban con una expresión de asombro e incertidumbre. Vestían ropa deportiva, todos iguales, como uniformados.
Me sentía apresada dentro de la camioneta y rodeada por toda esa gente hambrienta de información sobre nosotros.
En mi cabeza se proyectaba una película de terror, esas en la que estás esperando que empiecen a golpear el coche, romper los vidrios y devorarte como si fueran zombis. Dentro de la camioneta se respiraba un ambiente tenso, durante unos segundos hubo un silencio absoluto pero para mí fue eterno… Bajamos la ventanilla y alguien se animó a preguntar si podíamos pasar la noche allí para salir al otro día rumbo a los Fiordos.
Era un camping no convencional, por lo tanto no podíamos armar las carpas, nos ofrecieron alquilar un dormitorio en la administración, era la cabaña principal.
Comenzamos a bajar el equipaje y nos perseguían de un lado al otro tratando de averiguar de donde éramos y qué estábamos haciendo allí.
Era un grupo de campistas que todos los años viajaban a diferentes lugares con sus familias, esa noche festejaban el 25 aniversario y nos invitaron a compartir el evento.
Lo único que queríamos era una ducha caliente, comida y dormir.
De pronto tocaron a la puerta, era un hombre grande, fornido con una voz gruesa y su rostro rosáceo; lo acompañaba su hijo, un muchacho alto, desgarbado, rubio y sonriente que aguardaba ser presentado. El hombre nos dijo: this is my boy y quisiera que bailaran con él tonight. Nuestras caras quedaron desencajadas. Agradecimos la invitación y no pudimos negarnos a asistir.
Salimos a buscar algo de comer y al volver tratamos de pasar inadvertidos mientras ellos ya estaban con sus festejos, bailando, cantando y bebiendo.
Al otro día la despedida fue muy conmovedora, nos hicieron firmar un libro porque éramos los huéspedes más lejanos que habían tenido, nos saludaron con mucha emoción y así partimos camino a Briksdalen.
Gabriela Muniz